
Y otro tanto cabría decir del miedo que sin duda, a un buen número de ellos, vendó sus ojos, taponó sus oídos, selló sus labios y resecó sus conciencias. Al final, en la balanza, el miedo podría más que el desconocimiento y las dudas juntos. Porque hay un miedo a lo que está y otro miedo a lo que no está pero se teme. Incluso un tercero a los que ha estado, razándonos suavemente como el ala de una ave que, maltrecha, ha perdido el rumbo de su vuelo. Incluso hay un cuarto miedo, acaso el peor de todos: el miedo a lo que podría estar junto a nosotros, acechándonos y buscando nuestra ruina, pese a que seamos plenamente conscientes de ello.
Hay miedos que laten en las gentes como corazones de fetos que ya preparan su salida a la vida. No se les ve, pero están ahí aguardando, creciendo.
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